Historia Nº 001 — Origen

Ragosorio

El niño de Guatemala que descubrió un mundo a los trece… y no le hizo caso a la única persona que le dijo que parara.

La Herencia

En 2020 yo tenía trece años y vivía en Ciudad de Guatemala con mi abuelo y mi hermana. Me encantaba Minecraft, desvelarme en llamadas con mis amigos, y que me dijeran que pasaba demasiado tiempo en la computadora.

La computadora merece presentación. Era una Mac del 2017 que primero fue de mi hermana — ahí hizo sus primeros diseños, ahí guardaba sus fotos, ahí construyó pedazos de su vida. Mi abuelo se la compró a ella y me la entregó a mí, para estudiar.

Y aquí va algo de mi abuelo: era famosamente tacaño. Interrogaba cada compra, y la mía no fue la excepción — claro que me preguntó si de verdad la necesitaba. Pero mi hermana necesitaba el dinero, yo necesitaba la compu, y entre los dos lo convencimos. Viniendo de él, comprármela era prácticamente una declaración de amor.

En ese momento no lo entendía, pero esa máquina venía con una herencia. Mi hermana había hecho sus primeras cosas reales ahí, y ahora me tocaba a mí hacer algo con ella que valiera la pena.

Solo Tenés Trece Años...

Ese año escolar, en la clase de tecnología nos empezaron a enseñar HTML puro. Abran un bloc de notas, escriban estas etiquetas. Yo no tenía idea de qué era una etiqueta. Lo estaba aprendiendo en vivo, como todos.

Después llegaron los estilos — metidos inline, dentro de las mismas etiquetas, dentro del mismo archivo (cosas muy técnicas). Un día me encontré viendo como seiscientas líneas de HTML con estilos embutidos, y cada instinto que tenía me decía lo mismo: esto es demasiado grande. Esto se debería separar en archivos. Estaba casi seguro.

Esto fue antes de que existiera ChatGPT. Estar casi seguro significaba tutoriales de YouTube, foros, y búsquedas en Google después de medianoche. Eso hice — y descubrí que tenía razón. La estructura va en un archivo. Los estilos van en otro. Meterlos juntos era mala práctica en el mundo real.

Así que hice lo que haría cualquier niño de trece años con una necesidad ardiente de tener la razón: se lo dije a la maestra. "Miss, yo estuve investigando — el HTML y el CSS se separan en dos archivos. Y para mover los músculos del esqueleto, existe todo un lenguaje que se llama JavaScript."

Me regañó. Que me estaba adelantando. Que era una clase para principiantes. Que qué bueno que investigara por mi cuenta, pero que no me iba a servir de nada, porque todo esto era mucho más complejo de lo que yo creía. Que tenía que bajarle.

Cuando dijo esas palabras, algo cambió dentro de mí. Se encendió un ciclo: investigaba para demostrarle que estaba equivocada, encontraba algo mejor, me volvía a regañar, investigaba más duro. En algún punto de ese ciclo descubrí React, descubrí que existía todo un mundo nuevo, y el ciclo dejó de ser sobre ella sin hacer ruido. Dejé de discutir en clase — no porque me rindiera. Porque para entonces me gustaba demasiado como para compartirlo. Ya era mío.

El razonamiento de ese niño de trece años

  1. 01Seiscientas líneas

    No puede ser que un solo archivo tenga seiscientas líneas de código. Esto necesita más estructura. No sé, siento que está mal.

  2. 02¿O soy yo?

    ¿Se deberían separar los archivos? ¿Por qué a nadie más le molesta? Es que no se puede vivir así.

  3. 03Después de investigar un rato (3 meses para ser exactos)

    No existía ChatGPT. Tocaba YouTube, foros y Google a la una de la mañana. Veredicto: .html y .css van separados, y los estilos inline son mala práctica en el mundo real.

  4. 04El bonus

    Y si querés que el esqueleto mueva los músculos, existe un lenguaje entero para eso: JavaScript.

La Página Que Nunca Vio

Mi primera página de verdad fue para la que en ese entonces era mi mejor amiga, Christa. Una página sobre nuestra amistad — nuestras historias, nuestros videos — construida con todo lo que sabía: HTML, CSS, JavaScript, y un poquito de React que en su mayoría no entendía.

Esa página ya no existe. Yo no sabía que Git existía. Se perdió junto con esa primera computadora, y hoy solo vive en mi memoria, donde es honestamente terrible: mal estructurada, mal diseñada. La amaba.

Todo este tiempo, mi abuelo me veía pasar hora tras hora en la máquina que él me había dado. No entendía qué hacía yo ahí. Y para ser justos, vos tampoco hubieras entendido — la mitad era programación, la mitad era Minecraft. Tenía trece años.

Para entonces él ya estaba muy enfermo, y se notaba. Se fue de viaje a su pueblo natal — un lugar casi sin internet, y hoy sospecho que justo por eso le encantaba ir. Yo me quedé por las clases en línea. Y porque tenía trece años: no quería ir a un pueblito, no quería un bosque, no quería encontrarme una serpiente. Hoy, el lugar al que más quiero ir es uno donde no haya tecnología en absoluto. Dos días de silencio. El silencio de él. Me tomó seis años entender ese viaje.

Mientras él estaba de viaje, decidí construir la mejor cosa que había hecho en mi vida, para que cuando volviera por fin pudiera enseñarle qué eran todas esas horas. Tenía fuegos artificiales animados con JavaScript y CSS. Decía, de todas las formas en que un niño de trece años puede decirlo: esto es lo que hago. No estoy perdiendo el tiempo. Esto hasta puede convertirse en algo algún día.

Él nunca volvió de ese viaje.

Nunca se la pude enseñar.

A la fecha, sigo preguntándome qué me hubiera dicho.

El Regreso

A veces me pregunto qué me habría dicho... bueno, eso antes de que lo cargara el payaso.

Después de que murió, dejé de programar. Durante un año entero escribí exactamente un pedazo de código: fuegos artificiales animados, para una chica que me gustaba. Aparentemente los fuegos artificiales son mi lenguaje del amor. Acordate de ella — vuelve más adelante.

Cuando regresé, regresé distinto. Empecé a estudiar cómo hacer que las cosas se vieran bien — todavía no conocía las palabras "UI/UX"; para mí era solo "diseñar algo bonito". Empecé a publicar todo lo que hacía en mi Instagram. Y escribía pequeños scripts de broma para mis amigos: alertas infinitas gritando ¡fuiste hackeado! — siempre con fecha de caducidad incluida, porque quería asustarlos, no arruinarlos. Tenía catorce años. La comedia era más simple entonces.

Las bromas lograron algo que no esperaba: mis amigos se dieron cuenta de que yo podía hacer cosas que ellos no. Así que cuando el colegio por fin empezó a enseñar JavaScript — el lenguaje que yo había aprendido solo un año antes — y yo terminaba los ejercicios súper rápido, vinieron a mí. Y me convertí en un negocio. Vendía tareas. Te presento mis dos formas de ganar dinero rápido antes de que existiera ChatGPT: para mí, la solución más compleja y óptima posible, para demostrarle a la maestra que aquel año de "bajarle" no había sido en vano. Para mis clientes, código creíble de principiante, cada versión distinta, para que nadie los descubriera. Mi primer ingreso en la vida.

Entonces, en 2023, la chica de los fuegos artificiales me escribió por Discord: "Necesito una página web. ¿Cuánto me cobrás? Se va a llamar Metanoía." Iba de candidata a vicepresidenta de su colegio, sus amigas querían una página de campaña, y me querían a para hacerla. Cobré trescientos quetzales (unos $40, para la conversión rápida). La página quedó hermosamente fea — estaba mezclando todo lo que iba aprendiendo y se notaba — y estuve orgulloso de ella durante meses. Pero algo hizo clic que nunca había hecho clic: la gente paga por esto.

Después de eso, el mundo se abrió. Apareció ChatGPT y estudiar dejó de ser un deporte solitario. Encontré Awwwards, Behance, GitHub — aprendí que se podían publicar páginas gratis y publiqué todo. Pagué cursos con ahorros que tenía y que me dolía muchísimo gastar, y mi hermana me pagó otro curso (PD: gracias hermanita querida... sarcasmo, pero sí tkm). Probé de todo y se me quedaron cuatro cosas: el hacking, la inteligencia artificial, la criptografía — y por encima de todas, la web.

Dos Llamadas

Las publicaciones de Instagram funcionaron. Un día me llegó el mensaje de un fundador estadounidense que estaba montando una startup B2B — páginas web, sistemas y automatizaciones para negocios en Estados Unidos. Se llamaba NexaZen. Me gustó tanto su concepto que le hice una oferta con toda la audacia de mi yo de dieciséis: "Pagame trescientos dólares y te ayudo a montar tu empresa." Dos pagos de $150. Dijo que sí.

Trabajé con él casi dos años. Él me hacía preguntas y yo le respondía en desarrollador fluido; él me enseñó a responder en humano — lenguaje de cliente, lenguaje emocional. Me enseñó cómo decide la gente, por qué dicen que no, qué necesita de verdad un negocio de una página web. Me regaló cursos. En algún punto del camino dejamos de ser cliente y contratista y nos hicimos amigos. Si estás leyendo esto, amigo mío: gracias. Vos sabés quién sos.

La segunda llamada llegó por DM de Instagram: "Hey bro, vimos tu proyecto. Treinta minutos, dejanos presentarnos. No sabemos cómo decírtelo — no es una estafa." Eran cuatro españoles, tres de ellos de Canarias. Hoy uno es influencer; los otros, hasta donde sé, están en Google, Meta y Apple. En ese entonces estaban fundando una startup, y me ofrecieron un contrato: dinero real, en euros, si funcionaba.

Mi yo de diecisiete en ese momento estaba por pasar las prácticas del colegio, ya saben... esas aburridas. Mi colegio — que en ese entonces era virtual — me exigía que fueran presenciales, y aunque casi me pasé un mes negociando que me dejaran hacerlas virtuales, con ESPAÑOLES, su respuesta fue no.

En nuestra última reunión, el programador más loco con el que había hablado en mi vida me explicó lo que iban a construir. Automatizar cualquier proceso que te puedas imaginar — y no solo reaccionar a lo que pasa, sino actuar primero. Sistemas proactivos. Me quedé sin palabras. En treinta minutos vi exactamente qué tan lejos estaba todavía del desarrollador que quería ser. El chip se me volteó por segunda vez en esta historia.

Les agradecí y dije que no. Se sintió como cerrar una puerta que nunca se iba a volver a abrir — estaba seguro de que esa era la única oportunidad de ese tipo que iba a tener. Estaba equivocado. Pero ya llegaremos ahí.

La Práctica

Todavía necesitaba la práctica. Le conté todo el enredo a mi viejo amigo — el fundador de NexaZen — y a través de un contacto de su papá terminé escribiéndole al director de IT de la Universidad Francisco Marroquín. Me aceptaron.

Nunca en mi vida había viajado a las cuatro de la mañana para llegar a un lugar a una hora fija y salir a una hora fija. Me aplastó. Igual me encantó. Conocí catedráticos, aprendí cómo pasan los días de verdad los que trabajan en tecnología, y construí mi primera aplicación grande en PHP — un lenguaje que no conocía y que, descubrí, no amo. Nah, es buen lenguaje — la forma en que la industria lo usa es otra conversación. Igual construí bien la aplicación, y hasta donde recuerdo, quedaron impresionados.

También coleccioné mi primer desacuerdo profesional. Uno de los programadores de ahí — que además era catedrático — decía que algo funcionaba de una forma. Yo había investigado exactamente eso durante mucho tiempo, y sabía que en el caso amplio yo tenía razón. Pero su punto era real en contextos concretos. Así que por primera vez en esta historia, el niño que confrontó a su maestra eligió la otra jugada: le di la razón. Y en vez de ganar una discusión, gané un mentor. Ese mismo catedrático después me ofreció un camino a la Universidad Galileo, con trabajo en la universidad para pagar la carrera. Trabajar para pagar el estudio era ganar nada, y yo no tenía colchón. Volví a decir que no. Ese también dolió.

Y estaba Pedro, mi tutor. Pedro no me enseñó lo técnico. Pedro me enseñó la vida de un adulto que programa. Hay una cosa que me dijo que me persigue desde entonces:

Que tu vida no se te vaya solo en programar. Te vas a quemar.

Pedro, mi tutor — todavía estoy aprendiendo a obedecerla

Once Días

La vida adulta llegó con dos problemas abiertos: ni universidad, ni trabajo. En mi país, conseguir cualquiera de las dos es difícil. Conseguir las dos a la vez es casi codicia. Mi familia — para entonces, mi hermana y mi cuñado, dos personas que amo con todo — me dijo: lo que decidás, te apoyamos.

Yo quería la Universidad de San Carlos — la USAC, la pública. Sus exámenes de admisión son la referencia nacional de "difícil", y yo lo sabía. Pasé los básicos limpio. Después venían los específicos, los duros. Estudié once días sin parar.

Mientras tanto mandaba mi currículum a todos lados. Reclutadores de otros países me preguntaban "este puesto es semi-senior, ¿estás seguro de que podés?" y yo decía que sí con la confianza de alguien que se había memorizado arquitecturas que nunca había corrido en producción. Y una empresa llamada ROO Guatemala me llamó: una entrevista técnica, donde mostré todo lo que había construido — para entonces incluía una plataforma navideña de agendado que setecientas familias habían usado — y una de negocio, donde básicamente les conté esta misma historia. Me dijeron: te llamamos.

La noche antes de los resultados del examen, lloré. Estaba seguro de que había perdido, y perder significaba quedarme sin universidad — las privadas cuestan más al mes de lo que la USAC cuesta en años. Entonces llegaron los resultados. Los dos específicos: APROBADO. Estaba adentro. Ingeniería en Sistemas. Esa noche lloré muchísimo más, por la razón contraria.

Después ROO devolvió la llamada: sí — pero con un horario que chocaba de frente con el horario de la U que ya me habían asignado. Me dio risa, porque literal no podía. Después dije que sí de todos modos, e hice lo casi imposible: logré que me cambiaran el horario de la universidad. Desarrollador junior a medio tiempo, estudiante a tiempo completo. Las dos glorias.

No podés tener dos glorias juntas. La vida te va a hacer comer mier** — solo vos decidís cómo la vas a afrontar.

mi cuñado, filósofo de la casa, al que quiero mucho — igual hice lo que quise

¿Quién Le Dio Permisos al Junior?

Trabajar y estudiar a la vez es agotador. Horrible. Si te lo podés ahorrar, ahorrátelo — es la recomendación más honesta que te puedo dar. Yo no podía ahorrármela, así que...

Me contrataron de junior, asignado a un CRM. En algún punto simplemente dejé de esperar a que me dijeran qué hacer: si algo podía estar mejor y no rompía nada, lo cambiaba. Le decía a mi jefe cada mejora que veía, cada arquitectura que me parecía más fuerte. Una consulta que tardaba treinta segundos empezó a tardar uno. Cuando mi jefe entendió lo que estaba pasando, me dio control casi total del proyecto — y el CRM le quedó chico a su propio nombre. Se convirtió en un Sales Operations Layer — nombre elegante para decir que ahora hace de todo.

Y entonces el círculo se cerró. Construí una arquitectura de workflows — triggers, actions, flujos complejos, programar sin programar: describís visualmente qué debería pasar, y el sistema lo hace. Mensajes respondidos automáticamente, vendedores asignados, eventos creados, notificaciones disparadas — la plataforma entera moviéndose sola. Es la arquitectura de la que más orgulloso estoy, y sigue creciendo, porque no he parado de construirla.

Y esta es la parte que amo. Este es el mismo tipo de sistema que el español loco me enseñó en aquella reunión de despedida — el que me volteó el chip, el que creí perdido para siempre cuando dije que no. Vi esa arquitectura exactamente una vez. Una vez fue suficiente.

Fig. 08 — El motor de workflows

Trigger

algo sucede

Condición

¿actuamos?

Acción

el sistema se mueve

Repetir

sigue creciendo

Programar sin programar — el sistema actúa solo

El Camino

El ascenso llegó sin la palabra "ascenso" — se presentó en el salario y en los días remotos, que es la versión que acepto con gusto. Segundo semestre en la USAC: gané todas. De una Mac heredada dos veces a una arquitectura sobre la que corre una empresa — el camino hasta ahora:

  1. 2020

    Solo tenés trece años

    Una Mac heredada dos veces, seiscientas líneas de HTML y una miss diciéndome que le bajara. Spoiler: no funcionó.

  2. 2021

    El silencio

    Un año sin código, de luto. Una sola excepción, y sí: eran fuegos artificiales.

  3. 2023

    Primera venta

    Metanoía: trescientos quetzales, hermosamente fea, orgulloso por meses. Y un trato de $300 que terminó en dos años y un amigo.

  4. 2024

    700 familias

    Una plataforma navideña agota diciembre: setecientas familias. Me llaman cuatro españoles… y el colegio dice que no. Ese dolió.

  5. 2025

    Once días

    Once días sin parar, dos APROBADO, lágrimas de los dos tipos. Y ROO Guatemala dice que sí.

  6. 2026

    El motor

    De junior a arquitecto del motor de workflows. USAC, segundo semestre: todas ganadas. Seguimos.

Silicon Valley

El niño de trece nunca esperó nada grande. Él solo quería estudiar algo que le gustara mucho — y la verdad, también quería aprender a programar juegos, pero eso no fue lo que le apasionó. Eso lo descubrió hasta los quince.

Cuando ese adolescente de quince vio una película sobre Silicon Valley, se enamoró de la tecnología — del concepto mismo de las grandes empresas tecnológicas — y prometió que algún día iba a estar ahí. No lo sabía, pero el niño de trece también lo soñaba; solo que no le había puesto nombre. Cuando el de quince se lo puso, los dos prometieron al mismo tiempo llegar: a trabajar, a estudiar, a entender un mundo nuevo. A saber cómo nació la industria que más les apasiona, y llevar ese conocimiento a donde quiera que vayan.

Esta historia demuestra algo muy importante: los sueños se cumplen cuando tienen acciones detrás. Soñar no es la parte importante. La parte importante es soñar y saber que sos capaz de lograrlo — quererlo tanto que te volvés obsesivamente ambicioso buscando la forma.

Así que: voy a llegar. Por mí, por el niño de trece que soñó más grande de lo que el de diecinueve a veces recuerda, y por el de quince que vio cómo un mundo entero podía nacer en una pequeña ciudad que en realidad es un pueblito, que es Silicon Valley. Ahora trabajamos de lo que nos gusta. Estamos construyendo cosas que en ese entonces se sentían tan grandes que ni nombre tenían — y hoy no solo tienen nombre: también las estamos creando.

No hay nada imposible para una mente soñadora que ejecuta sus sueños.